Brighton, la playa de Londres

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El Brighton Pier azotado por las frías aguas del Canal de la Mancha.

Hace poco descubrí la turística ciudad de Brighton, la playa de Londres. Cogí mi cámara y me dispuse a conocer el lugar de veraneo de los londinenses.

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Brighton está a poco más de una hora en tren desde Londres.

Recién llegado a su bonita estación de tren con su techo metálico me di cuenta de que el día, climatológicamente hablando, me iba a acompañar. Sol, poco viento y una temperatura soportable para ser invierno y estar en la costa británica. Evidentemente, me dirigí en primer lugar a su famoso Brighton Pier, imagen icónica de la ciudad. Atracciones y máquinas recreativas en uno de los tres muelles que antaño se introducían en las frías aguas del Canal de la Mancha. Aún quedan en pie, en mitad del mar, los restos de la estructura metálica del West Pier, pasto de las llamas en sucesivas ocasiones, testigo de un pasado donde monarcas y aristocracia inglesa pasaban allí sus épocas estivales. Un bello paseo marítimo, donde los guijarros de sus playas se mezclan con edificios señoriales de mitad del siglo XIX y apartamentos de lujo.

Y tras ver como señoras jubiladas se jugaban sus pensiones en máquinas tragaperras de 10 y 5 peniques, tocaba introducirme en sus calles y palpar el ambiente de sus calles.

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El Royal Pavillion, un capricho real.

Otra de las paradas obligatorias fue el Royal Pavillion, posiblemente unos de los edificios más curiosos y a la vez bonitos del Reino Unido. El rey Jorge IV, por entonces príncipe de Gales, mandó construir la que fue su residencia oficial de veraneo. Un exótico palacio de estilo indo–sarraceno con una más que curiosa decoración mezcla entre motivos indios, árabes y orientales. Sin duda una visita muy recomendada.

Pero tocaba ver sus calles y su vida. Y eso fue lo que me conquistó de Brighton. Perderse por las estrechas calles de The Lanes, antiguo barrio de pescadores, donde se encuentran infinidad de joyerías, boutiques muy chic, tiendas de antigüedades y muchos restaurantes de lo más cool. Aunque la zona de North Lane fue el mejor descubrimiento del día. Es el barrio alternativo de la ciudad. Lleno de vida, con tiendas donde pasar horas fisgoneando entre ropa vintage, vinilos descatalogados, libros de segunda mano o muebles restaurados. Y si no quieres caer en la tentación de acabar comprando algo que realmente no vas a saber muy bien qué hacer con ello después, siempre puedes tomar una pinta (o un té) en los muchos pubs centenarios con encanto que hay en el barrio. Un paraíso para cualquier hispter que se precie de serlo.

Espero volver a Brighton, pero esta vez en verano, cuando la ciudad está en su pleno apogeo, y así poder vivir su verdadero ambiente.

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Atracciones de antaño se mezclan con montañas rusas y tragaperras.

 

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